Me gusta llorar, será masoquismo, será algo más, no lo sé. Lo único que sé es que me gusta llorar, ese sentimiento de tristeza, ese sentimiento que es tan humano, que nos recuerda que a veces las preguntas son más que las respuestas.
Y es que llorar siempre es visto tan negativamente, como un sentimiento malo, obvio por asociación. Yo pienso diferente, yo siento liberación al llorar, con cada gota salada, con cada sosollo la vida se siente un poco más liviana, y llega ese sentimiento de que tal vez, todo pueda llegar a estar bien.
Lloramos en nuestros puntos más bajos, lloramos con la cabeza en la almohada para que nadie nos oiga, bajo la ducha para que las lagrimas no se sientan, con nuestros amigos más cercanos o muchas veces solos. Es un punto de bajar la guardia, una sonrisa se finge, se toma por sentado, unas lagrimas con sentimiento dejan al descubierto a una persona tal vez muy fuerte, pero frágil a la vez.
Llorar de alegría, llorar de tristeza, de desilusión, de impresión, por un corazón roto y hasta por uno remendado, por una huella, y hasta por una mirada.
Un sentimiento humano, una ilusión una esperanza y una duda, tan bueno, tan increíble, tan palpable.
Hoy el cielo llora, mañana lloraré yo.
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